Puedes tener la mejor técnica del mundo, pero si el sistema está en alerta, el resultado no se integra igual. Incorporar la respiración en cabina no es solo una herramienta más, es un cambio de mirada. Dejas de trabajar solo sobre la piel y empiezas a trabajar con la persona. Y eso… se nota.
Por Andrea Fresneda
Durante muchos años trabajé en cabina como muchas profesionales de la estética: cuidando cada detalle del protocolo, eligiendo bien la cosmética, formándome constantemente… Y, aun así, había algo que no terminaba de encajar. Veía pieles que mejoraban, sí, pero que no sostenían los resultados. Rostros apagados, inflamados o tensos, incluso en clientas que se cuidaban y que invertían en tratamientos. Y empecé a observar algo que hasta ese momento no estaba poniendo en el foco: el estado en el que entraban en cabina.
Mandíbulas apretadas, respiraciones cortas, cuerpos en alerta. Entonces entendí algo que cambió completamente mi forma de trabajar: no puedes tratar una piel que está estresada como si estuviera en equilibrio. En cabina no solo tratamos tejido, tratamos sistemas, y la respiración es uno de los indicadores más claros del estado del sistema nervioso.
Cuando una persona entra respirando rápido o de forma superficial, su cuerpo no está en modo reparación, está en modo supervivencia; y eso, a nivel estético, lo cambia todo.
Entrada al sistema nervioso
Es curioso, porque la respiración –o, más bien, la consciencia de este acto– ha estado siempre muy presente en mi vida. Desde pequeña he tenido asma, así que de alguna manera siempre he convivido con esa sensación de que respirar no era algo automático o fácil. Con el tiempo empecé a interesarme más por este tema, no solo por mí, sino también por inquietudes personales que me llevaron a investigar más a fondo el sistema nervioso. En mi entorno cercano hay casos de Alzheimer y de autismo, y eso despertó en mí una necesidad muy profunda de entender. Quería comprender qué pasaba en el cuerpo, cómo se regulaba, qué margen teníamos para acompañar esos procesos desde un lugar más consciente.
Así fue como llegué a conocer la teoría polivagal y el papel del nervio vago. Y entonces todo empezó a tener sentido. Entendí que la respiración no es solo un acto fisiológico, sino una puerta directa al estado del sistema nervioso. Entendí que, dependiendo de cómo respiramos, el cuerpo puede estar en alerta o en calma, en defensa o en regeneración. Y, sobre todo, comprendí que esto no solo nos afecta a nivel emocional o mental, sino que también se traslada a la piel.
Modo supervivencia on
Cuando el cuerpo está en alerta hay menor oxigenación celular, peor circulación, más retención de líquidos, aumento del cortisol y una menor capacidad de regeneración. Es decir, la piel no está disponible para recibir el tratamiento de la misma manera. Durante mucho tiempo intentamos compensar esto con más técnica, más producto o más intensidad, y no es que eso no funcione, pero muchas veces el problema no está en lo que hacemos, sino en el estado del cuerpo que lo recibe. El problema es que estamos trabajando contra el cuerpo en lugar de trabajar con él.
Hoy lo veo clarísimo, pero en el momento de asimilarlo fue un “clic” importante. Ahora, la respiración se ha convertido en una herramienta fundamental en mi forma de trabajar. No como algo separado o complejo, sino como parte del propio tratamiento. Hoy, antes de empezar cualquier tratamiento, antes incluso de tocar el rostro, observo la respiración. No necesito aparatos, simplemente miro cómo se mueve el pecho, si el abdomen participa, si hay tensión, si hay prisa. Es algo sutil, pero muy revelador. Y, en la mayoría de los casos, la respiración es superficial, rápida o incluso contenida.

Acompañar a respirar
No hablo de hacer algo complejo, ni de convertir la cabina en una sofisticada sesión de breathwork; hablo de acompañar a la persona a respirar de forma más consciente. Parece sencillo, pero no lo es, porque la mayoría de personas no sabe respirar bien.
Algo importante que siempre añado es que yo soy la primera que no respira bien de forma natural. Sigo teniendo que recordármelo; sigo teniendo que bajar al cuerpo. Por eso creo que es tan importante no hablar de esto desde un lugar perfecto o teórico, sino desde la experiencia, desde algo real y humano; porque nos pasa a todos.
Para empezar a guiar la respiración en cabina invito a la clienta a cerrar los ojos, a inhalar por la nariz y a exhalar más lento. A veces lo hago con la voz, otras simplemente con el ritmo del contacto.
Y lo que ocurre es inmediato. El rostro cambia. La tensión baja, la musculatura se suaviza, la piel empieza a recibir de otra manera. Es como si el cuerpo diera permiso. Ahí es donde realmente empieza el tratamiento.
Porque cuando el sistema nervioso entra en calma, todo lo que viene después funciona mejor. Hay más oxigenación, mejor circulación, menos retención de líquidos, una mayor capacidad de regeneración. Y esto se traduce en resultados más visibles, pero, sobre todo, más sostenibles en el tiempo.
Qué se ve y cómo se vive
Para mí, este ha sido uno de los grandes cambios en mi forma de trabajar. Dejar de centrarme solo en la técnica y empezar a tener en cuenta el estado. Entender que no es solo lo que hago, sino desde dónde lo recibe el cuerpo de la clienta.
Y esto también cambia mucho la experiencia que vive ella. La clienta no solo percibe que su piel mejora, sino que siente algo más profundo, como haber soltado algo que ni siquiera sabía que llevaba. Muchas veces me dicen que salen con una sensación de calma que no esperaban encontrar en un tratamiento facial. Y así es como se genera algo muy valioso como profesional, que es la confianza y la fidelización desde un lugar más real.
Creo que estamos en un momento en el que hay muchísima información, muchísima aparatología y muchísimas técnicas, pero seguimos dejando de lado algo tan básico como la regulación del sistema nervioso. Y aquí creo que hay una gran oportunidad para las profesionales.
No hace falta cambiarlo todo para empezar a integrar esto. No hace falta complicarse. A veces es tan simple como parar unos minutos, observar cómo respira la persona que tienes delante y acompañarla a bajar ese ritmo. Si algo he aprendido en todos estos años es que la belleza no se puede forzar; se acompaña. Y la respiración, aunque parezca algo pequeño, es uno de los caminos más directos para hacerlo.
Andrea Fresneda
Esteticista
Andrea Fresneda es esteticista profesional, formadora y creadora del método NeuroVagal Glow™, un enfoque pionero de estética consciente y neuroestética que integra el trabajo con el sistema nervioso, la regulación emocional y el cuidado de la piel. Con más de 20 años de experiencia en el sector del bienestar, ha desarrollado una visión transformadora donde la piel deja de abordarse solo desde la técnica para entenderse como reflejo directo del estado interno de la persona. Su método une estética avanzada, respiración, conciencia corporal, lenguaje interno y autoconocimiento, elevando la práctica estética hacia un enfoque más profundo, humano y regulado.














Deja una respuesta