Desde los alimentos light a las innumerables dietas milagro, los batidos détox, la alimentación “raw”, “eco” o “bio” o los productos sin gluten. Cada cierto tiempo, aparece una moda alimentaria que nos promete ser la nueva revolución en nutrición, mejorar nuestra salud y perder peso de manera saludable. Una que ha conseguido calar bien en nuestros hábitos de consumo es la de los superalimentos. Pero, ¿son realmente tan “súper”?

Quinoa, semillas de chía, maca, cacao, aguacate, cúrcuma, bayas de goji… Para que un alimento suene a “superalimento” tiene que tener un nombre exótico. En teoría, “se considera un superalimento a aquellos alimentos que presentan un gran potencial nutritivo o un alto valor nutricional que desde el punto de vista de la nutrición y de la salud resultan ser muy interesantes”, explica Adriana Oroz, nutricionista de la clínica Alimmenta. Son ricos en compuestos antioxidantes, grasas saludables y vitaminas y minerales, “y por ello se les atribuyen propiedades curativas o preventivas”, añade. Es decir, los superalimentos, por su composición, son realmente muy atractivos nutricionalmente, pero también lo son las lentejas y no llenan titulares con las expresiones “larga vida” o “furor”, ni las cuentas de Instagram de nuestras influencers o las cartas de los restaurantes más modernos.

Adriana Oroz, nutricionista de la clínica Alimmenta.

Saludable, pero no milagroso

El kale, por ejemplo, es lo que aquí llamamos (de manera mucho menos cool) berza. Según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), pertenece a la misma familia que el también moderno bimi, pero también a la misma que los clásicos repollo, coliflor, brócoli y lombarda. Por eso, en opinión de la experta, “los superalimentos son marketing”. Eso no quiere decir que no sean nutricionalmente interesantes, y por tanto, se recomienda incluirlos o consumirlos dentro de una alimentación variada, “pero contienen nutrientes que también se pueden encontrar de manera variada en otros muchos alimentos, por lo que no son indispensables ni son capaces por sí solos de prevenir enfermedades y asegurar una plena salud. Se trata de alimentos saludables, como otros muchos, no de unos superalimentos”, indica.

El problema del prefijo superlativo es que sitúa a esos alimentos por encima de otros, consiguiendo que sobrevaloremos sus capacidades y dejemos de lado otros alimentos que consideramos más vulgares o habituales. Por poner dos ejemplos exagerados: tu dieta no será más equilibrada por mucha quinoa que comas si llevas sin comer fruta desde el colegio, y espolvorear semillas de chía en tu bollería industrial seguirá sin convertirla en una opción saludable. Lo explica mejor Adriana Oroz: “la salud de una persona depende de muchos factores y no de la ingesta de determinados alimentos. Por mucho que consumas este tipo de alimento, si no te preocupas del resto de los hábitos y de comer bien y variado, de dormir o descansar bien o hacer deporte, no te vas a beneficiar de ellos al no estar integrándolos en un contexto de estilo de vida saludable y equilibrado”.

Lo que hay detrás del ‘boom’

Reconozcámoslo: detrás de estos empecinamientos temporales hay mucha holgazanería. Porque llevar una vida saludable es un compromiso a largo plazo. Pero, hay que pensar, como decía la OCU en un comunicado, que nuestros caprichos pueden tener también consecuencias sociales y medioambientales importantes: “En ocasiones, cuando un alimento de consumo tradicional se pone de moda, se hace inaccesible para la población nativa por la subida de precio, como ocurrió hace unos años con el aumento de la demanda de quinoa”. O, por ejemplo, puede ocurrir que el país de origen decida dedicarse a su monocultivo, “como sucedió al inicio del auge del aguacate, cuando incluso se llegaron a quemar bosques para producirlos”.

Muchos tampoco piensan, cuando se pone de moda un alimento, si se cultiva en España o en qué temporada se cosecha, solo lo quiere, y lo quiere ya. Según la OCU, “los arándanos recorren miles de kilómetros desde Chile en diciembre para satisfacer la demanda española, con la consiguiente huella de carbono que esto supone”.

La meditarránea nunca pasa de moda

La demostración de que seguimos estas tendencias no del todo consciente ni coherentemente la tiene un estudio de Nielsen de 2017. Según este estudio, dos de cada tres encuestados demandaba más información para saber cómo incluir los superalimentos en su dieta, cuatro de cada diez no sabía a ciencia cierta si eran un buen sustitutivo para prescripciones médicas y otros tantos desconocían si estos implican una manera natural de prevenir o tratar dolencias. Sin embargo, un 27 % de españoles pretendía cambiar su alimentación aumentando el consumo de superalimentos, un dato muy por encima de la media europea en su conjunto, que fue de un 20 %. Además, el consumo de chía y quinoa había crecido más de un 1000 % cada uno con respecto a los seis meses anteriores.

Si queremos mejorar nuestra dieta, dice Oroz, “yo recomiendo pensar en conseguir una alimentación variada y equilibrada basada en alimentos saludables, naturales, de buena calidad, fomentando aquellos de temporada y de proximidad que han estado siempre en nuestra dieta mediterránea”. El consejo estrella, aunque no sea tan provocativo, es conseguir llevar una dieta lo más variada y equilibrada y mantenerla siempre. Y, si aun así quieres seguir comiendo superalimentos, no hace falta que vayas tan lejos: las frutas, verduras y hortalizas, el aceite de oliva, las legumbres o los frutos secos, también lo son.