¿Qué sería del mundo sin los besos?

Siempre he pensado que hay días internacionales que no tienen sentido. ¿Cuál es el propósito de estas celebraciones? Supongo que llamar la atención sobre algo, concienciarnos sobre un problema social o de repercusión mundial, o recaudar fondos para diferentes causas y otros nobles motivos. Así y todo, no encuentro el sentido, por ejemplo, del Día Mundial del Emoji o de Los Simpson, o del Día Internacional de la Sonrisa o del Beso.

No obstante, no sé si es por el confinamiento o porque en nuestro gremio de la imagen personal, en general, somos besucones, pero hoy he cambiado de opinión respecto al Día Internacional del Beso. ¡Me encanta que exista! Porque los besos son tan importantes para los seres humanos como el aire que respiramos. Si tuviéramos que eliminar tan solo la mitad de los besos que damos o recibimos en nuestras vidas, estoy convencido de que seríamos diferentes, seríamos otras personas.

Créditos foto: @eduardorawdriguez

El origen del beso es algo que nunca se sabrá a ciencia cierta; solo hay hipótesis. Pero casi todos los antropólogos coinciden en que surgió en las civilizaciones primitivas, cuando la madre masticaba los alimentos que, posteriormente, dejaba en la boca del bebé.

En lo personal, mi interés por el beso surgió cuando estaba escribiendo mi manual de asesoría nupcial Wedding Dreams. Quería conocer el origen de tantas y tantas costumbres nupciales que han traspasado culturas y que siguen intactas a través de los siglos, como el famoso “puede besar a la novia”, tras el cual la pareja sella el ritual del casamiento con un beso. Por cierto, creo que ya es hora de que se diga algo como “¡pueden besarse!”, porque dar un beso no es lo mismo que besarse.

De las diferentes historias que hablan sobre el origen del beso, yo me quedo con aquella que sitúa su origen en la costumbre romana de cerrar los tratos con un beso. Si extrapolamos esto al matrimonio, veremos que hay mucho en común, pues las bodas son el estandarte de los tratos, la auténtica alianza.

Tantos besos, tantas intensidades, tantos motivos, todo un lenguaje que nos sirve lo mismo para saludar que para mostrar respeto, cariño, amor o placer como en el beso francés en el que las lenguas chocan como si de una batalla campal se tratara. También hay besos feos y traicioneros como el de Judas que, a día de hoy se sigue practicando, ¿o es que quién no ha dado un beso por compromiso, sin ganas, un beso falso?

Ahora añoro tantos besos: besos de familiares que están lejos o cerca, pero alejados, besos de amigos que ya no están, besos de amantes furtivos, son tantos besos los que extraño. También me vienen a la cabeza los besos soñados, los que en mi intimidad pensé dar en algún momento. Son esos besos que, solo con imaginarlos, me recorre un escalofrío por todo el cuerpo, el típico escalofrío de lo prohibido. Pero el beso que más extraño, y el que rememoro muchas veces, es el beso de mi madre acompañado de uno de sus abrazos.

Y tú, ¿qué besos echas de menos?

Por Gonzalo Zarauza