Tras la puerta roja de ELIZABETH ARDEN

Elisabeth Arden

La de la magnate neoyorkina, nacida Florence Nightingale Graham en Canadá, es una historia de superación de las que encarnan a la perfección el cliché del sueño americano: la de una mujer humilde que tiene el deseo de triunfar y, partiendo desde cero, trabaja duro para lograrlo. En la tierra de las oportunidades, claro. En realidad, es una historia que recuerda mucho a la de la que fue su gran rival en el sector, Helena Rubinstein, que os contamos algunos números atrás.

El símbolo de Elizabeth Arden es una puerta roja. Así pintó la de su primer salón, en el número 509 de la Quinta Avenida de Nueva York. Para entonces, en 1910, tenía casi 30 años –hay dudas en cuanto a su año de su nacimiento– y acababa de conseguir su inmersión en el mundo de la belleza después de hilar muchos trabajos precarios para conseguirlo.

Del pueblo a la gran ciudad

Florence Nightingale Graham –su nombre real– nació en un pueblo cerca de Toronto, en Canadá. La cuarta de cinco hermanos, se crió en una familia bastante pobre, pero pudo cursar parte de sus estudios –no llegó a finalizar el instituto– gracias a que una tía de la familia les pagó la educación hasta que falleció. Así, pasó por varios trabajos, como secretaria, cajera o asistente; y también intentó, durante una temporada, aprender enfermería. Su paso por el hospital no fue lo que esperaba; los enfermos le daban miedo y angustia, pero le sirvió para descubrir la magia de las cremas que curaban o mejoraban los síntomas de las enfermedades de la piel. Y decidió reencaminar su vida.

Los enfermos le daban miedo y angustia, pero el tiempo que trabajó en el hospital le sirvió para descubrir la magia de las cremas que curaban o mejoraban los síntomas de las enfermedades de la piel

Llegó a Nueva York en 1908, con uno de sus hermanos. Después de pasar por otros trabajillos y estudiar los salones de belleza desde el exterior, pidió un puesto en uno de ellos, el de Eleanor Adair. Ella le dio empleo como cajera, y accedió a enseñarle a dar masajes siempre que no cobrase por ello. Así, poco a poco, fue aprendiendo técnicas, no solo de belleza, sino también de venta, pues su objetivo fue siempre poder tener su propio negocio. Lo consiguió al aliarse con Elizabeth Hubbard, con la que ella misma contactó al ver que estaba fabricando buenos productos. Su alianza solo duró unos pocos meses, pero Florence decidió quedarse con el local que pensaban abrir. Según el libro War Paint, de Lindy Woodhead, que trata la vida tanto de Helena Rubinstein como de Elizabeth Arden, el cómo consiguió el dinero necesario, es aún un misterio. Pero el caso es que aprovechó el letrero que ya figuraba en la puerta, con el nombre de su socia, Elizabeth, lo completó, según algunas biografías, con el título de uno de sus poemas favoritos del libro que estaba leyendo –Enoch Arden, de Alfred Lord Tennyson–, y así creó su nombre artístico. Después, pintó la puerta de rojo, y empezó a hacer historia con su nueva marca.

Revista Time Elizabeth Arden
Elizabeth Arden fue la primera mujer empresaria en aparecer en la portada de la revista Time, en 1946.

Un derecho más de la mujer

Parece ser que Elizabeth Arden y Helena Rubinstein (dicen que Arden se refería a ella como «aquella mujer») eran grandes rivales. Rubinstein se instaló en Nueva York poco después que esta, y puso su salón no muy lejos del suyo. Sin embargo, ambas tuvieron mucho en común además de un pasado humilde: las dos defendieron –y supieron capitalizar– el derecho de las mujeres a la belleza. “Toda mujer tiene derecho a estar bella”, decían, de hecho, los anuncios de Elizabeth Arden. Según el libro Enterprising Women: 250 Years of American Business, de Virginia G. Drachman, al decir esto, tenía en mente un target muy definido: mujeres de mediana edad y aquellas que no eran especialmente atractivas; y es que, al estar el cuidado personal un poco mal visto, no podía ser que la belleza estuviese solo reservada a las privilegiadas que aún eran jóvenes o que eran guapas por naturaleza. Con ella, era una oportunidad para todas.

Se cambió el nombre por el de Elizabeth Arden, aprovechando el letrero que ya figuraba en el local que habían alquilado, y pintó la puerta de rojo, el símbolo de su nueva marca

Fiel a esa misma idea, durante una de las marchas por el derecho al voto de la mujer que desfiló por la Quinta Avenida en 1912 –el derecho al voto no se lograría hasta 1920–, Arden repartió labiales rojos a las activistas, un gesto muy interesante política y socialmente. Para las aristócratas, escribe Lindy Woodhead, “fue una señal de que podían llevar pintalabios porque ahora querían hacerlo y esto ya no las convertía en mujeres libidinosas”.

Maquillaje, ciencia y ‘spas’

El maquillaje fue uno de los principales focos de negocio de Arden: potenció el uso de polvos de maquillaje y el de la barra de labios roja y hacía que sus empleadas lo llevasen y enseñasen a maquillarse, muy discretamente, a sus clientas. Después de viajar a París y ver cómo se pintaban allí las mujeres francesas, también fue la primera en introducir en EE.UU. el maquillaje para ojos. Pero no fue el único campo de la belleza en el que fue pionera.

Durante una de las marchas que desfiló por la Quinta Avenida en 1912 reclamando el derecho al voto, Elizabeth Arden repartió barras de labios rojas a las mujeres. El mensaje era claro: la belleza también es un derecho para todas

Interesada siempre en relacionar la belleza con la ciencia, con el cuidado del físico como algo saludable y no puramente superficial, contrató a un químico para elaborar sus cremas. Uno de sus primeros éxitos de ventas fue la Venetian Cream Amoretta, una crema mucho más ligera que las de la competencia, que solían ser muy grasas. También inventó la Vienna Youth Mask aplicando el procedimiento médico de la diatermia a la belleza: aplicando calor vía corriente eléctrica, estimulaba la circulación y rejuvenecía la piel a través de una mascarilla facial. Asimismo, interesada en el concepto de “belleza total”, en sus centros podía una desde peinarse hasta dar clases de esgrima.

Anuncios Elisabeth Arden
Durante la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos británico y americano promovieron el uso de pintalabios como una estrategia política para levantar la moral de la población femenina y, así, la masculina. Elizabeth Arden, como muchas otras marcas, se sumaron a este reclamo. Como se ve en el anuncio de la derecha, la línea de maquillaje Montezuma estaba inspirada en las mujeres de la Marina y prometía combinar con todos los colores y patrones del uniforme.

Por otra parte, según la propia web de la marca, inventó los primeros productos de tamaño viaje, fue pionera en contratar a un publicista e incluso tuvo a la columnista de Hollywood Hedda Hopper como representante de la compañía. Es más, creó el primer programa de radio dedicado a hacer “tutoriales” de belleza. Es decir, que se podría decir que Elizabeth Arden fue la primera influencer de la estética. Pero, sobre todo, fue la mejor representación de una buena empresaria y emprendedora: trabajadora incansable, siempre observando el mercado, las tendencias en todo el mundo y preparada para desarrollar las mejores nuevas ideas.