Arrugas, algo más que la huella del tiempo

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Las arrugas son la muestra más visible del paso del tiempo. Son los signos que delatan todo lo vivido, o dicho de una manera más cruda, las huellas que la edad imprime en nuestra piel, así que nadie puede escaparse de ellas. Pero ¿son todas causadas por el envejecimiento, y por tanto, inevitables?, ¿se puede luchar contra la genética?

Nuestra relación con nuestro aspecto físico ha cambiado; al menos, en teoría. La búsqueda de la naturalidad ha ganado terreno, y ahora mismo el perfil de la consumidora de estética y medicina estética es más el de una mujer que prefiere aparentar su edad, pero tener un aspecto descansado, relajado y vital, que el de aquella que quiere parecer diez años más joven. Según el estudio que la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME) lanzó a principios de año, “se busca una belleza natural y temporal donde no se perciban excesivos cambios y no sean definitivos”.

Sin embargo, los datos también reflejan que cada vez empezamos antes a tratarnos: las mujeres se inician en la medicina estética a los 28-32 años. Asimismo, según un estudio que Dermstore realizó en Estados Unidos contando con 2.000 mujeres, se concluyó que las chicas de ahora empezaban a preocuparse por sus arrugas mucho antes que sus antecesoras. Mientras que los actuales millenials de 25-35 años empiezan a usar productos antiarrugas desde los 26 años, las mujeres de 55 en adelante no empezaron a hacerlo ¡hasta sus 47!

La herencia no lo es todo

Que la concienciación sea cada vez mayor y más temprana es una buena noticia. Sin embargo, ¿lo estamos haciendo bien? Uno de los errores más comunes es fijarnos demasiado en el espejo de nuestros padres para justificar o premonizar la calidad de nuestra piel. La herencia no lo es todo, y de hecho, tiene poco que ver en esto. Según la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV), la genética solo representa en torno a un 25 % del envejecimiento cutáneo.

“Sabemos que hay un envejecimiento cronológico debido a los cambios fisiológicos progresivos que conducen al envejecimiento, pero este puede agravarse o enlentecerse debido a otros factores como la exposición a la radiación ultravioleta, la contaminación, el estrés, la falta de sueño, una nutrición inadecuada o el consumo de tabaco”, indica la Dra. Elia Roó, dermatóloga y miembro de la AEDV. Se trata de lo que los expertos llaman el exposoma, es decir, los factores externos que afectan a nuestra piel, y a los que achacan el 75 % de la “culpa”. Estos, sin embargo, son modificables, “por ello, una nutrición equilibrada, hacer ejercicio físico y un cuidado cosmético adecuado de la piel va a permitir mejorar su aspecto”, dice la Dra. Los pasos básicos necesarios que menciona para su cuidado son “higiene, hidratación, medidas de prevención de la exposición al sol y tratamiento con tópicos antiedad”.

Dejemos de fumar

Junto al de la exposición solar, el efecto del tabaco sobre la piel es uno de los más estudiados por los dermatólogos. También es uno de los más dañinos. Según uno de los trabajos de la AEDV, “los estudios epidemiológicos realizados hasta la fecha [2009] confirman que el riesgo de arrugas de las mujeres fumadoras es casi el triple respecto a quienes no consumen tabaco”.

Según explicaba Leyre Gaztelurrutia, Secretaria del CNPT (Comite Nacional para la Prevención del Tabaquismo), en un artículo publicado en la revista EME, los últimos estudios confirman la asociación entre el consumo de tabaco y el envejecimiento prematuro, especialmente entre los fumadores de más de 40 paquetes por año.

Entre otros, el tabaco produce la disminución de la oxigenación tisular y el aumento de los radicales libres. La consecuencia es que los fumadores “tendrán más arrugas, más tempranas y más marcadas, fundamentalmente en la zona periocular y peribucal, por alteraciones que se producen a nivel de la dermis media y profunda, dando lugar a un aumento del grosor de dichas fibras pero con la disminución global de la dermis cutánea, con pérdida de elasticidad y una mayor fragilidad”.

Dime qué comes…

Otro de los “vicios” que pueden traslucirse en las arrugas y en la calidad de estas es una mala alimentación. Con “mala alimentación” nos referimos desde la malnutrición o la desnutrición a, sencillamente, una dieta muy estática: “Hay mujeres cuya dieta es correcta pero es como ‘el día de la marmota’. No podemos tener la misma alimentación que hace 10 años, pues nuestros requerimientos nutricionales cambian”, indica Marta Hermosín, médico, farmacéutica y especialista en nutrición y dermocosmética del Instituto de Dermatología Integral.

Por otro lado, con la “calidad” de la arruga nos referimos a su apariencia y a su profundidad. No es lo mismo una línea de expresión, que acompaña a nuestros gestos y nos da personalidad, que puede ser bonita, que un surco en nuestra piel. “Esa línea puede producir un efecto socavón, una cicatriz que en reposo también se ve. Esa arruga ya no es bonita porque distorsiona las facciones que debería tener esa paciente o porque ya no se corresponde con sus expresiones y movimientos, ya no está sincronizada con la expresión de la paciente”, indica la experta. Se trata de un síntoma de que ese mal hábito no ha incidido solo en la epidermis, el “iceberg” de la piel, sino que viene de las capas más profundas.

Y tampoco podemos relajarnos pensando en que son efectos a largo plazo. Según Hermosín, “hay arrugas que en menos de 6 meses (dependiendo de la edad de la paciente) pueden empezar a reflejarse”. ¿Su consejo? La atención médica personalizada, porque cada caso es un mundo. “Como médico, lo primero que recomendaría es acudir al dermatólogo para que nos aclare si esa arruga es debida a la alimentación –y en cuyo caso nos redirija a un endocrino o nutricionista– o se debe a que no estamos siguiendo los hábitos cosméticos o de vida adecuados”. Es decir, ir, primero, al origen del problema para intentar solucionarlo antes de “ponerle parches” con materiales de relleno.

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Los tipos de arrugas

Una vez diagnosticado el problema e intentado atajar o minimizar los efectos de los desencadenantes que mencionábamos anteriormente, hay también tratamientos estéticos o médico-estéticos que pueden ayudarnos a frenar el proceso de envejecimiento cutáneo o mejorar la apariencia de sus signos.

Para saber qué tratamientos son los más adecuados, los expertos evalúan la piel y el tipo de arruga que presenta un paciente. “Existen distintas clasificaciones de las arrugas. La más utilizada es la que se refiere a su origen”, dice la Dra. Elia Roó. Así, la dermatóloga clasifica las arrugas en:

  • Arrugas estáticas. Están presentes en reposo, es decir, sin gesticular ni contraer la musculatura, aunque se acentúan al hacerlo. Por ejemplo, el pliegue nasolabial (línea que va desde el ala nasal a la comisura del labio). Se deben a la pérdida de volumen del tejido y a la pérdida de colágeno y elasticidad.
  • Arrugas dinámicas. Son las que se originan debido a lo gestos que realizamos, es decir, por la frecuente contracción muscular. Por ejemplo, las llamadas ‘patas de gallo’ que se forman por la contracción del músculo orbicular de los ojos, las arrugas del ceño que se originan por la contracción de los músculos de la glabela; el llamado “código de barras”, arrugas que aparecen alrededor de los labios por la contracción del músculo orbicular al fruncir los labios, etc.

Por su parte, Cristina Álvarez, experta en estética y cofundadora de los centros que toman su nombre, hace referencia a dos subcategorías más “para intentar ser más exactos y ajustarnos lo máximo posible a su origen”. Hablamos de:

  • Arrugas gravitatorias. Están condicionadas por el paso del tiempo como las estáticas, pero se diferencian de estas en que su causa exacta es la pérdida de gravedad.
  • Arrugas mixtas. Son consecuencia de las tres mencionadas anteriormente: las dinámicas, las estáticas y las gravitatorias; es decir, del paso del tiempo, la expresión y la gravedad.

Cómo ayuda la estética

Actualmente, las llamadas técnicas mínimamente invasivas constituyen la primera opción terapéutica para corregir arrugas y otros signos del envejecimiento cutáneo”, indica la Dra. Roó. Como decíamos antes, cada caso es diferente, por eso es recomendable la atención personalizada (y que tenga en cuenta a todos los factores que puedan afectar a la piel).

Para mejorar las arrugas estáticas y la textura de la piel se utilizan los láseres para rejuvenecimiento o la luz pulsada, cuyo objetivo es estimular el colágeno y la elastina, así como incrementar el flujo sanguíneo, oxigenando la piel; o los peelings. El número de sesiones dependerá de las características de la aparatología o la profundidad de la exfoliación. Además, “para devolver volumen se utilizan materiales de relleno como el ácido hialurónico, la hidroxiapatita cálcica o la polidioxanona y, según su densidad, se tratan arrugas más superficiales o más profundas. Generalmente se realizan 1 o 2 tratamientos al año”, añade la dermatóloga.

El tratamiento más eficaz para las arrugas dinámicas, según la experta, es la infiltración de toxina botulínica, ya que relaja la contracción del músculo. Como sabemos, se trata de una relajación temporal, que dura entre 4 y 6 meses. “Para que sea eficaz, hay que realizarlo dos o tres veces al año. Su uso repetido previene y retrasa que estas arrugas dinámicas se transformen en estáticas”, apunta.

Por último, para corregir una flacidez leve-moderada habría que acudir también a los sistemas de radiofrecuencia, los ultrasonidos focalizados o la infiltración de hilos tensores.